Los padres deportados de Paola

Trump tiene defectos que quizás acaben con él, pero en hipocresía le ganan sus enemigos.
por HERMANN TERTSCH

@hermanntertsch

El diario New York Times publicaba ayer en primera página un largo artículo sobre el drama de la deportación de los padres de una estudiante ghanesa Ilamada Paola Benefo. Se titulaba “Cómo se siente uno cuando sus padres son deportados”. No hace falta leer más que el título para saber la respuesta de cualquier lector decente y compasivo.

¿Cómo se va uno a sentir? Terriblemente mal. Había que empezar al menos el artículo para enterarse de que la madre de la estudiante fue deportada hace un año. Y que su padre ya había sido deportado un par de años antes, porque también había Ilegado con visado de turista a Estados Unidos que había caducado años atrás. Y ambos eran muy conscientes de que residían allí ilegalmente. Lo cierto es que padre y madre fueron deportados bajo la administración de Barack Obama. Como otros 2.8 millones de residentes ilegales. Vienen a ser unos mil al día repartidos en los ocho años del presidente idolatrado por las ONG y los profesionales del humanitarismo mundial.

Es curioso que estos casi tres millones de deportados no generaran ni un solo titular escandaloso en la prensa norteamericana. Como también resulta bastante sorprendente que la estudiante Paola Benefo no se pusiera a escribir sobre el drama de la deportación cuando fue deportado su padre. Ni cuando corrió la suerte su madre, siempre bajo Obama. Sorprende tanto como que el NYT, que durante ocho años consideró que su deber periodístico no era fiscalizar al poder sino actuar como su socio y abogado defensor, creyera oportuno publicar en primera con gran relieve un artículo sobre el drama de la deportación ahora con Trump y no con Obama cuando sucedieron los hechos relatados. La pobre estudiante tenía que hacer todo un regate argumentativo para explicar que ahora será peor, aunque sus padres fueran deportados antes. Porque en principio, escribe la buena de Paola, Obama solo deportaba a ilegales con graves delitos a sus espaldas. Aunque al menos con sus padres se equivocó la maquinaria del beatífico presidente negro. Inocentes de todo, fueron deportados de forma inapelable por Obama como otros 2.8 millones de inmigrantes ilegales. Claro que afirmar que, salvo los padres de Paola, los 2.8 millones eran ilegales con graves crímenes a sus espaldas sería dar la razón a los peores halcones racistas, que, según el guión del buenismo internacional, han de militar en las filas de Trump. Menudo lío. Porque por otro lado negarlo sería reconocer que Obama también ha deportado a inmigrantes ilegales por exactamente las mismas razones que Io empieza a hacer ahora Donald Trump. Y sería reconocer también que Trump ha de darse prisa para superar en deportaciones al piadoso y solidario Obama. A ese presidente que parecía pasar las tardes, no jugando al golf con multimillonarios en Martha’s Vineyard, sino con Michelle y las dos niñas, rezando para que Dios les permitiera dar cobijo a más hermanos mexicanos, centroamericanos y de todos los rincones de este mundo en el que ejercía de elocuente autoridad moral global.

Los medios ahora reprochan a Trump que no vaya a la Gala de Corresponsales. Donde le esperan quienes le insultan, quienes propugnan un golpe de Estado para derribarle, quienes Ilaman al desacato para sabotearlo, quienes le desean la muerte por derrame cerebral o por asesinato, quienes pasan el día injuriando y vertiendo vejaciones contra su mujer y agreden y ridiculizan a su hijo menor de edad. Trump tiene una montaña de defectos. Y puede que algunos acaben finalmente con él. Pero no parece desde luego ser muy dado a la hipocresía. Eso se Io deja al New York Times, al periodismo de ambos lados del Atlántico y a la Gala de los Oscar, ese esperpento de la corrección política y el pensamiento no ya débil sino exhausto.

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